La noche se alargaba como una herida abierta. En el pequeño apartamento del Trastévere, las horas transcurrían con una lentitud agonizante, cada crujido del edificio, cada coche que pasaba por la calle abajo, cada sombra que se movía tras las cortinas cerradas, se convertía en una amenaza potencial.
Andrey no se sentaba. Paseaba de un lado a otro de la habitación como un lobo enjaulado, su silueta recortándose contra la tenue luz de la única lámpara encendida. Piotr estaba pegado al teléfono en