Mi teléfono sonó a las dos de la mañana y estaba despierto antes del segundo aviso, lo cual no era inusual porque dormía ligero y siempre lo había hecho. Pero la secuencia de alertas era inusual: tres en menos de un minuto, procedentes de tres fuentes diferentes. Era el patrón que usaba mi equipo de seguridad cuando había ocurrido algo lo bastante grande como para requerir confirmación inmediata desde múltiples canales antes de que alguien cogiera el teléfono y dijera las palabras en voz alta.