—Vino a jugar una partida de ajedrez conmigo —explicó Alberto—. Dijo que cuando fuiste a ver a la abuela Romero, se te cayó un broche y él lo trajo de vuelta.
Bella se quedó sin palabras.
Vaya, Pedro había sido muy eficiente. Había llevado el broche a casa de su abuelo esa misma tarde.
Y ni siquiera le había mencionado nada cuando se encontraron en la tienda.
—Bella, ¿por qué te has quedado callada? ¿Es que te has enojado porque yo lo dejé entrar? —preguntó Alberto con una sonrisa.
—No, abuelo —