Deirdre permaneció quieta como una estatua hasta que su grito la despertó. Levantó la cabeza y lo miró fijamente con lo que una vez habían sido unos ojos vivaces y alegres, pero que ahora estaban desalmados y deteriorados, como dos espejos rotos encontrados enterrados en un ataúd. Su calma superficial ocultaba un odio intenso.
"No me importa". Su voz se quebró y graznó, ya que su garganta había caído en desuso desde que había dejado de hablar. Sus palabras se asemejaban vagamente a una puñalad