Capítulo Sesenta

El timbre cortó el silencio como si algo hubiera salido mal.

La mano de Diego se quedó inmóvil sobre el control remoto. Bianca sintió el cambio recorrerlo antes siquiera de ver su rostro, la forma en que todo su cuerpo se tensó, como una cuerda que de pronto soportara peso. Se volvió para mirarlo y encontró su mandíbula rígida, sus ojos fijos en el pasillo con la expresión particular de un hombre haciendo rápidos cálculos silenciosos.

Entonces su teléfono se iluminó sobre el cojín entre ellos.

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