La cocina olía a ajo y mantequilla y a algo más profundo debajo de todo eso, algo que no tenía nombre excepto hogar, la alquimia particular de la cocina de su madre que había acompañado a Diego a través de cada apartamento, cada ciudad, cada versión de sí mismo que había intentado ser a lo largo de los años. Lo alcanzó incluso antes de que empujara la puerta para entrar y, a pesar de todo, a pesar de la culpa persistente que seguía instalada en su pecho como una comida mal digerida, algo dentro