Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo Cuatro –
POV de Avena
Todavía me temblaban las manos mientras miraba el cuadernillo de examen que sostenía con fuerza.
Tenía las respuestas dándome vueltas en la cabeza por culpa del pánico de último minuto. Había llenado cada página, pero lo sabía... sabía de sobra que había dejado vacíos en la sección de análisis comparativo.
Las preguntas habían sido mucho más difíciles de lo que esperaba. El último estudiante dejó su examen sobre el escritorio del profesor D’Artagnan y salió corriendo del aula.
Me quedé allí de pie, simplemente mirándolo mientras juntaba los cuadernillos. No me había dirigido la mirada desde que empezó el examen. Pero ahora, cuando la puerta hizo clic al cerrarse tras el último alumno, dejó el montón a un lado y levantó la vista.
—Avena. —Su voz era tranquila—. Ven aquí.
Me moví con piernas inestables, el taconeo de mis zapatos resonando en el suelo de linóleo mientras subía a la tarima. Dejé mi cuadernillo en la esquina de su escritorio, junto al resto, pero él ni siquiera lo tocó.
Solo se me quedó viendo. —Tu trabajo final —dijo, tomando un documento engrapado que estaba en su silla. Me lo extendió—. Ya terminé de revisarlo.
Lo tomé, todavía con las manos temblorosas. Los márgenes estaban inundados de tinta roja. Se me cayó el alma al suelo al leer sus comentarios: *ampliar aquí, argumento confuso, citar fuente*... y abajo del todo, vi la nota: *B-. Aceptable, pero no es tu mejor trabajo.*
Levantó la vista, encontrando sus ojos. —¿Un notable bajo?
—Es un notable bajo bien merecido. —Su voz era fría, analítica—. A tu análisis le faltó la profundidad que espero de ti. El marco teórico se quedó muy flojo. —Hizo una pausa, paseando los ojos por mi rostro, mi cuello y la forma en que entrelazaba mis dedos temblorosos—. ¿Qué tal te pareció el examen?
Dudé, porque la verdad me sabía amarga en la boca. —Fue… difícil. Creo que no enfoqué bien la pregunta principal de la tercera sección.
El ceño se le frunció aún más y sentí el peso de su decepción instalándose en mi pecho.
—Avena. —Pronunció mi nombre despacio—. Necesitas aprobar mi materia. Este es tu último semestre. Si tu promedio baja del límite del departamento...
—Lo sé. —Mi voz sonó más baja de lo que pretendía—. Lo sé. He estado esforzándome.
—Esforzarse no es suficiente. —Se paró tan cerca que sentí el calor que desprendía su cuerpo. Su colonia me llenó los pulmones mientras me miraba desde arriba. Su expresión cambió—. Necesitas demostrarme tu compromiso. Que estás dispuesta a dar un extra.
Se me cortó la respiración.
Sabía perfectamente qué significaba eso.
El recuerdo de la biblioteca me vino de golpe y la sangre se me encendió.
—¿Qué quiere que haga?
Esbozó una sonrisa burlona. —Ponte de rodillas.
No lo dudé ni un segundo.
El suelo estaba frío debajo de mis rodillas, pero me importó un carajo. Me acomodé entre sus piernas mientras él se abría la bragueta para sacar su polla.
Ya estaba dura, gruesa y con la punta brillando de humedad.
Se me hizo agua la boca.
—Vas a compensar ese notable bajo —dijo, enredando los dedos en mi cabello y agarrándome desde la raíz—. Vas a demostrarme cuántas ganas tienes de pasar mi materia.
Me la metí en la boca y él soltó un gruñido bajo y gutural que me vibró en todo el cuerpo. Lo trabajé con la lengua y los labios, hundiendo las mejillas y tragándomelo cada vez más profundo.
El sonido húmedo del chupetón resonaba en el aula vacía.
—Mmph... —El gemido se me ahogó con su polla mientras su mano se apretaba en mi pelo, marcándome el ritmo.
—Buena chica —respiró—. Justo así.
Volví a gemir con la boca llena, haciendo que sus caderas se sacudieran por la vibración. Me encantaba su sabor y sentir el peso de su tremenda polla en mi lengua. Estiré las manos hacia arriba, le acaricie las bolas y se las masajée suavemente.
—Joder... —Jadeó, echando la cabeza hacia atrás—. Vas a hacer que me...
—Profesor D’Artagnan. —La voz del director resonó fuera de la puerta. También escuché a otras personas hablando.
Abrió los ojos de golpe, con la mano congelándosele en mi cabello. Se salió de mi boca y yo me metí a toda prisa debajo de su escritorio mientras él se sentaba, arrastrando la silla hacia adentro.
La puerta se abrió de par en par.
No me moví. Me quedé completamente congelada debajo de la mesa. El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que el director podría escucharlo.
—¿Profesor D’Artagnan? —La voz del director Morrison resonó en el aula vacía—. Pensé que ya se habría ido.
Le tomé la polla con la boca y su cuerpo se tensó, pero su mano en mi cabello me dio una orden rápida y silenciosa.
*No te muevas.*
Me quedé completamente inmóvil, con los labios sellados alrededor de su miembro y respirando apenas.
—Director Morrison —dijo el profesor Noah con una voz increíblemente firme—. Ya estaba terminando. Los exámenes finales, ya sabe.
—Sí, sí. —Los pasos del director resonaron mientras se acercaba al escritorio. Sentí que se me iba la sangre de la cara a medida que se aproximaba.
No.
No podía quedarme aquí. No podía...
El agarre de Noah se apretó, manteniéndome fija en mi sitio, así que no tuve opción. Escuché al director detenerse junto al escritorio, probablemente a un par de pasos, abajo de la tarima.
—Mire, quería hablar con usted sobre el comité de bienestar académico. Nos falta un miembro y pensé que usted sería perfecto. Tiene una excelente relación con los estudiantes.
Empecé a moverme de nuevo, pero de forma lenta y suave. Me tragué la polla de Noah más al fondo, haciéndole círculos con la lengua mientras con la mano le acariciaba la base.
Sentí cómo daba un brinco dentro de mi boca y cómo se le tensaba el muslo contra mi mejilla. Estaba luchando por mantener la voz nivelada.
—Sería un honor —dijo, aunque sus palabras salieron con un ligero raspe—. ¿Cuáles serían las responsabilidades?
—Bueno, hay reuniones todos los viernes. Revisará los informes de progreso de los alumnos, atenderá los casos de condicionalidad académica y ayudará a coordinar los recursos.
Aumenté el ritmo, cabeceando y tragándomelo hasta el fondo de la garganta. Escuché que se le cortaba la respiración, pero el director no pareció notarlo.
—Además, necesitamos hacer cumplir la nueva política de toque de queda. Ningún estudiante puede estar en el edificio después de las 10 de las noche. Es un tema de seguridad. Me gustaría que me ayudara a desalojar a los rezagados.
—Por supuesto —logró decir Noah, y sentí que su mano en mi cabello se apretaba con fuerza—. Cuente con ello.
Hundí las mejillas, succionando con más ganas, y sentí que sus caderas daban un vaivén involuntario. Saboreé su líquido preseminal; sabía que estaba a punto de reventar y yo quería que se corriera. Quería tragarme hasta la última gota mientras el director seguía allí, sin enterarse de nada.
—Excelente, excelente. Le enviaré los detalles mañana. —El director movió unos papeles—. Bueno, no lo entretengo más. El edificio está prácticamente desierto, siendo el último día de exámenes y todo.
—Así lo haré —dijo el profesor Noah con voz forzada—. Que tenga buen día, director Morrison.
—Buen día, profesor D'Artagnan.
Los pasos se alejaron y la puerta hizo clic al cerrarse. El silencio se prolongó un instante, y entonces Noah me jaló del cabello hacia arriba, me puso de pie de un tirón y me estampó contra el escritorio.
Su cuerpo se presionó contra el mío, con la polla todavía durísima y la respiración agitada.
—Pedazo de zorrita —gruñó, rozándome la oreja con los labios—. Casi haces que nos descubran.
Sonreí sin aliento. —Usted no me dijo que parara.
Se rio. —No, no lo hice. —Me dio la vuelta, doblándome sobre el escritorio, con mis palmas planas sobre los papeles revueltos—. Pero ahora vas a pagar por esa gracia.
No me penetró. Se quedó de pie detrás de mí, agarrándome firmemente de las caderas, mientras su polla se presionaba contra la curva de mi trasero a través de la falda.
—Ruégame —dijo con esa voz baja y autoritaria—. Ruégame que te folle.
Me tragué el orgullo. —Por favor, Noah. Por favor, fóllame.
Me bajó las bragas de un tirón rápido y me metió un dedo, luego dos, curvándolos por dentro y haciéndome jadear.
—Estás empapada —murmuró—. Listísima. Pero todavía no te lo mereces.
Retiró los dedos y gimoteé por la pérdida. Entonces me dio una nalgada.
*¡Plaf!*
—¡Ahhh! —grité.
—Voy a hacer que ruegues por cada orgasmo. Y te los voy a negar hasta que me demuestres que lo deseas más que a nada en el mundo.
Entonces entró en mí despacio, pulgada a pulgada, de una forma agonizante, llenándome por completo.
—¡Uhhhh…! —gemí, clavándole las uñas al escritorio.
Marcó un ritmo tortuoso: se hundía hasta el fondo y luego se salía casi por completo antes de volver a clavarse en mí.
—Por favor —gimoteé—. Por favor, necesito...
—¿Qué necesitas? —Embestió más profundo, dándole justo a ese punto que me hacía ver estrellas. Me agarró los pechos por encima de la tela, exprimiéndolos.
—Por favor, déjame correrme.
—No.
Se salió por completo, dejándome vacía y temblando.
—¡Oh, joder! —sollocé, con la frustración acumulándoseme en el cuerpo.
Me dio la vuelta, me subió de espaldas al escritorio, me abrió las piernas de par en par y se arrodilló frente a mí. Su boca fue directo a mi clítoris y solté un grito roto y desesperado.
Me lamió y me succionó, llevándome justo al borde; sentí que todo mi cuerpo se ponía rígido... y entonces paró.
—No. —Me miró desde abajo, con la barbilla empapada de mis fluidos—. Todavía no.
Las lágrimas me brotaron de los ojos. —Por favor. Por favor, Noah. Haré lo que sea.
—¿Lo que sea? —Se levantó, acomodándose entre mis piernas, con la polla rozando mi entrada—. Dime que te encanta mi polla y que no puedes vivir sin ella.
—Me encanta tu polla —jadeé—. No puedo vivir sin ella. Por favor... por favor fóllame y déjame correrme.
Se empujó dentro de mí otra vez, llenándome de una sola estocada limpia.
—Tsssss… —Y entonces me folló duro, rápido y sin piedad—. Ohhhhhhh jodeeeer.
El escritorio crujía debajo de nosotros mientras él alternaba entre embestidas brutales, luego rápidas, luego más profundas, repitiendo el ciclo.
—Ahora —gruñó—. Córrete para mí ahora.
Y lo hice. El orgasmo me atravesó con tanta intensidad que vi todo en blanco.
—Noah….Noah… —Seguí gritando su nombre mientras mi cuerpo se convulsionaba alrededor de él.
Él me siguió un segundo después, hundiendo la cara en mi cuello y gimiendo mientras se venía dentro de mí.
Nos quedamos allí jadeando antes de que se apartara y me tomara la cara entre las manos. Su pulgar me limpió una lágrima que yo ni sabía que había derramado.
—Notable —dijo—. Por ahora.
Me reí, temblorosa y sin aire. —Quiero el excelente.
—Entonces vas a tener que demostrarme mucho más compromiso.







