Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo Tres –
POV del profesor Noah
Ya era tarde, pero me quedé esperando en mi oficina, con la mirada clavada en el reloj de pared, deseando que diera las diez de la noche.
Sintiéndome igual de atraído por ella que desde el primer instante en que la vi en mi clase, salí de mi despacho y me dirigí a paso firme hacia la biblioteca, donde sabía que se encontraba.
La propuesta de su tesis estaba sobre mi escritorio, llena de mis anotaciones. Le había ordenado que revisara el marco teórico, pero no le había advertido que iría a supervisar su progreso en persona.
La encontré al fondo, en una esquina del segundo piso, oculta entre las estanterías de teoría política. No me vio acercarme; tenía la cabeza inclinada sobre un libro de texto, con su melena castaño miel cayéndole hacia adelante como una cortina y un bolígrafo apoyado detrás de la oreja.
Llevaba un cárdigan delgado sobre una blusa blanca y tenía las piernas cruzadas debajo de la mesa de estudio. Estaba tan absorta que ni se percató de que yo estaba de pie justo a su lado.
—¿Trabajando hasta tarde?
Dio un respingo del susto y levantó la mirada de golpe. Sus ojos se abrieron de par en par al verme y un rubor intenso le tiñó las mejillas. Era una reacción que ya me había memorizado y que asociaba inevitablemente con ella.
—Profesor... —Su voz sonó entrecortada—. No... ¿qué hace usted aquí?
Dejé mi maletín sobre la mesa de al lado. —Tenía exámenes que calificar, vi la luz encendida y pasé a revisar. —Una mentira.
Había estado esperando a que el edificio quedara completamente vacío, controlando no solo el reloj, sino también el estacionamiento, hasta que su auto fue el único que quedó allí.
—Déjame ver tus correcciones.
Atolondrada, deslizó un cuaderno hacia mí. Pero ni siquiera lo miré; estaba concentrado en cómo le temblaban los dedos y en cómo su pecho subía y bajaba cada vez más rápido.
Bien. Recordaba.
—La sección de la metodología —dije, dando un golpecito con el índice en dicho apartado—. ¿Incorporaste el marco de métodos mixtos?
—Sí. Yo... —Tragó saliva cuando le di la vuelta a la mesa—. Añadí las encuestas y...
No escuché el resto. Ya estaba demasiado cerca de ella. Estiré la mano, tomé su mentón entre mi pulgar y mi índice, le giré la cara hacia un lado y se la levanté para obligarla a mirarme a los ojos.
Sus labios se entreabrieron y contuvo el aliento.
—No deberías estar aquí sola a estas horas, Avena —le dije con voz baja y pausada—. Pasan cosas peligrosas con las chicas lindas en los edificios vacíos.
No me quitó la mirada de encima y pude ver cómo esa rebeldía luchaba por salir a flote en medio de su sumisión. —Quizá me gusten las cosas peligrosas —susurró.
Y ese fue todo el permiso que necesité.
De un tirón la puse de pie, le di la vuelta y la empujé contra las estanterías que estaban detrás de su silla. Los estantes se sacudieron y un par de libros cayeron, rebotando contra la alfombra.
Jadeó cuando mi cuerpo la acorraló: mi frente contra su trasero y mi pecho contra su espalda. Le aparté el cabello y hundí la boca en su cuello.
—¿Tienes idea —gruñí contra su piel— de cuántas noches he pensado en encontrarte así? En la oscuridad. Sola.
Gimoteó, aferrándose al borde del estante. —Noah...
Esos labios... gimiendo mi nombre de esa manera... me enviaron una descarga directa a la polla.
Le mordí la curva del cuello, no lo suficiente como para romper la piel, pero sí para dejarle marca. Se arqueó hacia atrás buscándome, restregando su culo contra mi erección cada vez más dura.
—Oh, Noah...
Mis manos bajaron a su cintura y deslicé su falda, amontonando la tela en mis puños. —Esta noche no voy a poder ir despacio —dije, subiéndole la falda por encima de las caderas. Habían pasado días—. He tenido demasiada paciencia.
No me importaba si entraba alguien o si nos veían. Quizá debió haberme importado, pero me daba igual. Directamente le desgarré las bragas; el algodón cedió con facilidad, produciendo un sonido seco en el silencio de la biblioteca. Se las bajé y cayeron a sus tobillos.
Su trasero desnudo se presionó contra mis pantalones y gemí por la fricción.
—Mmm… —gimió ella, sin dejar de frotarse.
La giré y la subí de un golpe a la mesa de estudio. Mis manos le agarraron los muslos y se los abrí de par en par. Se recostó sobre los libros y papeles esparcidos, con la blusa subiéndosele mientras su pecho seguía agitado.
Me coloqué entre sus piernas y la miré desde arriba. Tenía el rostro encendido, los labios entreabiertos y un rastro brillante que evidenciaba su excitación.
—Voy a saborear cada fantasía que has tenido conmigo.
Asintió rápidamente, mordiéndose el labio inferior.
Me puse de rodillas; la alfombra era áspera debajo de mí, pero me importaba un carajo. La jalé hasta el borde de la mesa, le acomodé las piernas sobre mis hombros y hundí la cara entre sus muslos para pasarle la lengua por los pliegues, despacio al principio.
—Ahhhh... —Soltó un sollozo ahogado mientras su mano iba directo a mi cabello, enredando los dedos en mis canas.
Gemí contra ella y la vibración hizo que sacudiera las caderas.
—Por favor... por favor...
Le respondí pasando la lengua en círculos alrededor de su hendidura, provocándola. Justo cuando estaba a punto de llegar, me aparté, haciéndola gemir con un sonido desesperado y roto.
Lo hice una y otra vez, hasta que quedó temblando, con los muslos sacudiéndose contra mis mejillas.
—No tienes a dónde huir, Avena. Quiero escucharte.
Sellar mi boca contra la suya otra vez y succioné con fuerza. Sentí que su clímax se acumulaba por la forma en que sus paredes palpitaban y cómo se le cortaba la respiración. Le metí dos dedos, curvándolos hacia adentro.
—Ohhh, joder. Tssssss. Siiií, justo así. Ya casi... Noah... —Y entonces estalló; el orgasmo la golpeó en oleadas, haciendo que su cuerpo se convulsionara y vibrara con los espasmos.
Su propio puño presionado contra la boca apagó su grito, pero yo no me detuve. La seguí lamiendo durante el orgasmo, devorándola, hasta que quedó completamente exhausta, jadeando y con lágrimas asomando en las comisuras de los ojos.
Me levanté y me limpié la boca con el dorso de la mano. Tenía la blusa desabrochada y el sostén abajo, dejando sus pechos al descubierto y brillantes de sudor.
Me incliné y le tomé un pezón con la boca, succionándolo con fuerza mientras le apretaba la carne con la mano.
—¡Oh, joder! —gritó, volviendo a enredar las manos en mi cabello.
—Las piernas alrededor de mi cintura —le ordené, enderezándome.
Obedeció y cruzó los tobillos detrás de mi espalda mientras yo me abría la bragueta para sacar mi polla. Apoyé la cabeza de mi miembro contra su entrada húmeda e hinchada, pero no entré de inmediato.
Me quedé allí quieto, observándole el rostro y la necesidad desesperada que reflejaban sus ojos.
—Di mi nombre cuando te vengas —le advertí—. Ni profesor, ni señor; mi nombre.
Asintió con los labios trémulos. —Noah. Por favor.
Entonces la embestí.
Estaba tan apretada y tan empapada que tuve que detenerme en la primera pulgada, saboreando cómo se contraía a mi alrededor.
—Ohhhhh, eres enorme, eres demasiado grande, Noah —gritó, echando la cabeza hacia atrás cuando empujé más a fondo, enterrándome en ella hasta el tope.
—¿Solo han pasado unos días desde la última vez y ya estás así de estrecha? Joder. —Empecé a bombear hacia adentro y hacia afuera, haciendo que la mesa crujiera debajo de nosotros.
La follé lento pero profundo y a conciencia al principio.
—Oh Dios... Joder. Tsssss…. —Cada estocada le arrancaba un gemido de la garganta.
Sus piernas se apretaron más a mi alrededor, jalándome hacia ella. Le doblé las piernas hacia atrás, presionándole las rodillas contra el pecho, y aumenté el ritmo.
—Uhhhh sí. Uhhhhh sí. Siiiií.
La mesa se mecía y los libros que quedaban alrededor salieron volando al suelo.
—Mírame.
Sus ojos se encontraron con los míos y vi lo oscuros y llenos de sumisión que estaban.
—Este es tu lugar —le dije con voz ronca—. En mi polla. En mi oficina. En esta biblioteca. Donde a mí se me antoje.
—Sí —respiró—. Sí, Noah.
La follé con más fuerza; el ritmo se volvió frenético y salvaje, mientras el azote de la piel contra la piel resonaba en los techos altos.
*Plaf. Plaf.*
*Chof.*
*Plaf.*
Estaba cerca. Lo sabía por la forma en que sus paredes me estrujaban y por sus jadeos entrecortados. Su mano se coló entre los dos, buscando tocarse el clítoris, pero se la quité de un golpe.
—Déjamelo a mí.
Le froté el botón con el pulgar al mismo tiempo que la embestía con fuerza.
—Noahhhh… —Se rompió por completo; el orgasmo la destrozó mientras gritaba mi nombre en un alarido crudo y libre de pura agonía placentera.
—Dijiste mi nombre —dije, sintiendo que mi propio autocontrol se iba al diablo—. Buena chica.
Le tapé la boca con la mano, ahogando el sonido mientras me corría sepultado en su interior. Me vacié dentro de ella, con las caderas sacudiéndoseme y el aire escapándoseme del pecho.
Me quedé allí metido, latiendo y llenándola todavía, hasta que el último temblor desapareció. Luego me salí despacio con un chasquido húmedo, dejando mi polla brillante con los fluidos de ambos.
Se quedó allí acostada, jadeando, con el cuerpo flácido y las piernas aún abiertas. Contemplé el desastre que habíamos armado: libros por el suelo, sus bragas rotas y la mancha húmeda en la mesa, justo entre sus muslos.
La ayudé a incorporarse y la sostuve cuando se tambaleó. Me acomodé la ropa dentro del pantalón, me arreglé la corbata y recogí mi maletín.
—Tendré más correcciones listas. Y sí, esto sirve como buena suerte para los exámenes finales.
Ella se rio. —Podría acostumbrarme a ser la alumna preferida.
—Eso también te lo vas a tener que ganar.







