En ese momento sonó mi celular.
—Hola, ¿por dónde vas? —pregunté fríamente al contestar.
—En cinco minutos llego. —Una voz masculina llegó desde el otro extremo de la línea.
No pasó mucho tiempo antes de que Pedro, vestido con una gabardina negra y con un rostro horriblemente sombrío, cerrara la puerta de la sala de un manotazo en cuanto entró, y un silencio opresivo se apoderó del espacio.
En cuanto Sara vio a Pedro, a rastras, lo alcanzó y se arrojó a sus pies, llorando, dijo: —Cariño, por fin