El sol se ponía sobre los restos del jardín que el jardinero ya no cuidaba. Se dio la vuelta para entrar en la casa vacía, pero un sonido metálico lo detuvo, el chirrido de la vieja verja oxidada. Al girarse, las llaves se le resbalaron de las manos.
Allí, bajo la luz naranja del atardecer, tres siluetas recortadas contra el horizonte avanzaban con paso vacilante. No eran fantasmas. Sus ropas estaban limpias y sus rostros mas hermosos que nunca por un tiempo que él no había compartido, pero la