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No fue un grito lo que fracturó la mañana.

Fue una ausencia.

Al despertar, el campamento parecía intacto. Las fogatas reducidas a brasas, los centinelas cambiando turno con la disciplina aprendida durante generaciones, el murmullo bajo de quienes aún no sabían si hablar o callar. Pero había algo distinto en el aire. Una tensión que no provenía del bosque ni de los márgenes donde Syrah respiraba en silencio.

Provenía de dentro.

Dorian fue quien lo confirmó.

—Tres —dijo apenas me vio.

No pregunté
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