La vecina, María, que tenía más o menos mi edad, abrió la puerta, y dijo con voz alta:
—Que te den por culo, que no estamos condenados a morir con sesenta, ¡que sin escuchar a gente como tú podemos llegar hasta los ochenta sin problema!
—Y tienes el descaro de gritar aquí, ¡qué vergüenza, por favor!
María era buena discutiendo.
A Juan se le atragantaron las palabras en la garganta y, viendo que no podía replicarle, se escabulló.
...
Pasaron treinta días en un abrir y cerrar de ojos, y Gabriel y