Allá por la noche, Juan regresó con Gabriel, quien ya estaba sin fiebre, pero se veía pálido y desanimado.
Juan aún me guardaba rencor por haberle abofeteado, por eso no me dirigió palabra.
Solo mi nuera me saludó y mi nieta corrió hacia mí y me llamó dulcemente.
—Abuela, no te separes del abuelo, quiero que seamos felices juntos como una familia.
Me soprprendió que le contaran estas cosas a la niña.
Acariciando suavemente sus suaves mejillas, le contesté con una sonrisa:
—Aunque me separe del a