Capítulo 12:

¡Lo mío es mío y nadie puede tocarlo!

Al siguiente día del secuestro...

Eros

—¡Como pudieron dejar que esto pasara! —gruño, lanzando las cosas de la mesa hacia el suelo

—Señor...—lo apunto con el arma y le disparo entre las cejas

Todos me ven. Nerviosos y cagados. ¡Son unos malditos estúpidos! Descuidarse de esa manera sabiendo que nos respiran en la nuca Daniel, Giuseppe y un montón de petardos pendejos.

«¡Señor dame paciencia!» digo para
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