Estoy en el dilema de pegarle una patada en las bolas, morderle el labio o hacerle una llave al señor pesadilla para que me suelte, cuando escucho los pasos de mi suegrita y mi cuñada que se alejan.
—Ya se fueron— digo entre sus labios intentando terminar lo que quiera que sea que está haciendo.
—¿Segura? — bajo mi mano que estaba enroscada en su camisa, para seguir el sinuoso caminos de sus pectorales, la muevo por su cintura, sigo para comenzar a acariciar su espalda hasta llegar al cinto del