IVY
Las dobles puertas de mi dormitorio se cierran de golpe a mis espaldas, bloqueando el fantasma de sus ojos, el olor de su habitación y la fiebre enfermiza y mareante de poder que sigue ardiendo en mis venas.
Mi pecho sube y baja. Mi piel pica por todas partes, caliente y hipersensible, con cada terminación nerviosa gritando por el clímax que acabo de obligarme a alcanzar mientras él se sentaba allí y observaba.
Dios.
Dejo caer la carpeta y mi teléfono en la mesita de noche. Mis manos tiembl