Acababa de entrar al vestíbulo cuando vi una figura aparecer en mi campo de visión.
Sorprendentemente, era Andrés.
Él también me vio y se acercó hacia mí con una sonrisa.
—¡Señorita Lara! ¡Qué coincidencia! —dijo amablemente, sonriendo de manera cálida, como un viejo amigo.
—¡Señor Serrano, hola! —le respondí con cortesía, pensando por qué estaba aquí. Aunque no se lo pregunté.
—¿Va a salir? —preguntó casualmente mientras me miraba.
—Sí, ¡salgo un rato por allí! —sonreí ligeramente—. ¿Viene por