La jalé hacia adentro. —¿No dijiste que no vendrías? ¿Cómo es que has subido al barco al final?
—¡Sí, no tenía intención de venir! ¡Pero el jefe insistió tanto que al final no pude rechazarlo! —encogió los hombros—. ¿Ya te arreglaste? Entonces, salgamos a comer algo. Tengo hambre desde hace rato. No me atreví a molestarte. ¿Qué tal? ¿No es asombroso… estar en el mar?
Su expresión era muy maliciosa. Le di un puñetazo. —No seas tan vulgar. ¿Ves cómo te comportas? ¡Estás cada vez más desvergonzada!