Sonreí incómodamente, un poco forzada, y dije.
—¡Papá! ¿Cómo es que no tienes espacio en tu agenda? Si ya he vuelto a casa.
Rowan, cargando aquella cesta de frutas, dijo.
—Esto es lo que tu hija te ha traído, frutas de nuestro pueblo.
—¡Papá! Estas son las frutas de la huerta de la mansión Sobrino, ¡recogidas anoche! —Le apresuré a decir—. ¡Dulcita las escogió para ti!
—¿Oh? —Luis se rio al oírlo—. Que Lucinda, la niñera, me las lave para probarlas. ¿Esa pequeña niñita sigue bien?
—¡Sí! La próxi