Colgué el teléfono y miré a Luciana, diciendo: —¡Tenemos que regresar a la empresa!
Ana extendió sus brazos de inmediato para tomar al niño y nos acompañó hacia afuera. Al ver que nos íbamos, el pequeño comenzó a llorar con el labio inferior temblando.
No tuve más remedio que consolarlo por un buen rato hasta que finalmente nos sonrió a ambos, y no fue hasta que Ana lo arrulló hasta dormir que Luciana y yo nos dimos la vuelta para regresar a la empresa.
Fui directamente a la oficina de Teo, quie