Mil cuatrocientos sesenta y seis días después, puse la llave en la cerradura de mi propia casa.
Antes de que entrara, Melody se deslizó entre mis piernas, corriendo por el espacio vacío de la sala y la cocina, que estaban contiguas.
- ¿Y entonces? - Le pregunté.
- Me encantó... – sonrió, sus dientes blancos relucían y parte de sus encías se mostraban de tanto abrir los labios – ¡Me encantó! - Gritó.
- No grites, Medy.
- Pero hace eco, mamá... Pruébalo tú también.
- No.
-Ay mami...
Dio un grito