276. Peor que el antiguo jefe
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Sebastián llegó al lugar con el ceño fruncido, y su ira aumentó al ver el desastre frente a él. La casa, que debía ser un escondite seguro, estaba envuelta en llamas, y los cuerpos de sus hombres yacían alrededor, sin vida.
—¡Maldita sea! —rugió, su voz resonando en la noche. Sus puños se apretaron con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
Sus subordinados, conscientes de su temperamento, retrocedieron un paso instintivamente, lo que solo avivó aún más su furia.
—¡¿Qué demonios