232. ¡Hay que encontrarlo!
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Julieta forcejeaba contra las esposas que la ataban a la cama. Su muñeca comenzaba a doler, pero no dejaba de insistir:
—Suéltame, Marcelo. Te lo pido por enésima vez en… cinco minutos —Julieta mira el reloj en la pared cansada— al menos quítame esto
Marcelo, imperturbable, le dejó una bandeja con comida y agua sobre la mesita al lado de la cama. Su rostro estaba tenso, pero evitaba el contacto visual con Julieta.
—No puedo hacerlo. Estoy esperando a que él me avise.
No hacía falta