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Maximiliano avanzó con pasos calculados hacia Liliane, manteniendo la calma mientras sus ojos se fijaban en la pequeña figura que descansaba a sus pies, envuelta en una manta desgastada. Maxime, su hija, estaba acurrucada, temblando de frío. Sus mejillas estaban sonrojadas, su nariz goteaba y sus labios tenían un tinte azulado que a él le produjo un nudo en el estómago.
—Sé que antes no te amaba —dijo Max, su tono lleno de un falso remordimiento que había practicado para este momento—, per