Volví a Kael.
La grieta seguía abierta.
La voz habló otra vez.
— Tu espíritu faltante creó un espacio… — dijo —. Nosotros solo lo llenamos.
Kael respiraba con dificultad. Su cuerpo estaba cubierto de marcas que no eran heridas ni símbolos conocidos. Eran adaptaciones. Su carne aprendiendo algo que no debía aprender.
— No necesito un espíritu — escupió —. Nunca lo necesité.
Mentía.
Lo sabía.
Yo lo sabía.
Y la cosa en la grieta también.
— No — respondió la voz —. Pero tu cuerpo sí.
Las sombras av