Una vez que Circe se marchó, Sienna se recostó en la cama y acarició su vientre. Quería volver a enlazarse con Santiago, pero al no contar con su loba, el esfuerzo consumía su propia energía, la misma que necesitaría para el parto.
—Sienna, Sienna —escuchó la voz de su tío.
No pudo evitar sonreír y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tío Santiago —susurró con la voz quebrada.
—Carajo, ¿a dónde se fueron? ¿Por qué escaparon? —soltó Santiago con pesadez—. Olvídalo, no tenemos mucho tiempo. El rey