Orión
Puedo contar con los dedos de la mano las veces que he pasado miedo en mi vida.
Solo dos.
La primera vez fue cuando un mensajero llegó a casa e insistió en ver a mi abuelo. Algo horrible había sucedido, aunque yo era muy pequeño por aquel entonces. Sabía que era malo, algo tan grave que no podría recuperarme.
Y acerté al descubrir que se trataba de la muerte de mis padres.
La segunda vez fue más abstracta: la muerte de un niño al que guié, demasiado salvaje y arrogante para su propio beneficio.
Había muerto durante una invasión de lobos salvajes y el dolor era tan profundo como el que sentía por mis padres.
Desde entonces, fue como si una parte de mí se hubiera apagado para no sentir más ni derrumbarme por completo como esas dos veces.
Pero ahora, ver al intruso amenazar a Elara fue como si alguien atravesara las paredes que bloqueaban esas emociones.
En ese momento, podría haberme ofrecido, siempre y cuando ella no saliera herida. Cuando oí el estruendo y me alertaron de inmedi