Elara
Sabía que la confrontación se avecinaba en cuanto salí del patio este, con las manos aún temblorosas por lo que había presenciado entre la multitud.
La gratitud me había seguido como una sombra: voces suaves, cabezas inclinadas, ojos llenos de algo peligrosamente cercano a la devoción. Debería haberme hecho sentir cálida, realizada, anclada. En cambio, me oprimía el pecho, como si dedos invisibles se enroscaran en mis costillas y se negaran a soltarme.
Podía sentir a Orion antes de verlo.