—¿Qué demonios acabas de decir? —pregunté, con la voz baja pero temblorosa.
Por un segundo pensé que lo había escuchado mal.
Pero Blade no se retractó.
—Ah, ahórrame esa mierda —espetó.
Mi pecho se apretó, la rabia subiendo rápido, caliente e incontrolable.
—¿Cómo te la robé? —exigí, dando un paso más cerca—. Respóndeme bien, Blade, porque ahora mismo te juro que si no tienes sentido, va a correr sangre en este lugar.
El aire entre nosotros se volvió afilado y mor