Melissa miró a Francesco una vez más y su pecho se apretó. No tenía otra opción, no podía dejar que él muriera por su culpa. Entonces bajó la mirada, rindiéndose.
–Está bien, me quedo, pero voy a quedarme con él en el hospital hasta que se recupere y vuelva a Italia con seguridad–
Gregorio miró a Melissa, todavía molesto por esa preocupación de ella por ese hombre, pero lo dejó pasar.
–Está bien, pero después de eso vienes a casa conmigo, ¡y este asunto quedará cerrado! ¡Llévenlo!–
Los hombres