Gregorio apretó el puño, conteniendo su deseo de golpear a aquel muchacho insolente.
–Ven a mi oficina–
Gregorio fue delante y Francesco lo siguió.
Gregorio se quitó el sobretodo y lo colgó; luego se sentó en su silla e indicó la silla frente a la suya al italiano, que se sentó.
–Vayamos directo al punto. ¿Qué quieres para volver a Italia sin causar problemas?– preguntó Gregorio, firme y directo, mirando al otro.
–No vine aquí para causar ningún problema, solo vine a llevarme a mi hermana a cas