HOLLY
No se por cuánto tiempo más estuvo masajeándome los pies, en un estado de somnolencia y de retorcerme por algunos puntos sensibles, Adam detuvo su toque.
—¿Ya te dormiste?
—Casi—confesé.
Lo escuché reírse, deslizó una de sus manos por mi pierna izquierda y comenzó a besar la punta de mis dedos.
Solté un jadeo.
—No hagas eso—mascullé.
—¿No te gusta?
Me erguí sobre mis codos.
Con mi pie derecho lo arrastré por su pecho, él me acariciaba mi pantorrilla con sus dedos.
—¿Por qué no vienes y me