Esa tarde cuando Amanda salió al pasillo, noto que algo no estaba bien. De momento oyó la voz de Santi, muy airada. Mientras bajaba por la escalera, Amanda se preguntó qué estará pasando.
Siguió las voces hasta el salón y lo que vio la dejó petrificada. Alice y Vitto miraban a un malhumorado Santi. El niño miraba con disgusto a Alejandra, había regresado y ya estaba provocando problemas. Amanda pensó–. Claro tenía que ser Alejandra la que causara aquel caos.
–Pero, cariño, yo no te he dicho que tu y tu mama se irán pronto de aquí y que tu estas feliz con que yo este con tu papa – decía, inclinándose sobre el niño con rostro sonriente.
–Eso es cierto –afirmo Santo, muy enfadado–. Tú me lo dijiste y yo no he dicho que este feliz con que andes con papa, . . .
–¿Por qué iba yo a decir eso cuando ni siquiera me caes bien?
–¡Santino! –le regañó su padre–. ¡Discúlpate, ahora mismo!
El niño lo miraba con el rostro congestionado y los ojos echando chispas.
–¡No! –bufó el niño–. ¡Está mintiendo