Melina y yo éramos tan similares. A ambos nos había hecho falta el amor, a ambos nos habían roto y poco a poco estábamos cociendo los pedazos, pedacito por pedacito armábamos nuestro verdadero yo, y quizás en el proceso, algo de ella estaba tejido dentro de mí, y algo de mí se había trenzado en su interior. Porque éramos las dos mitades de algo imperfecto.
Recordé su bella sonrisa, sus chistes que solían sacarme de quicio, la forma en que su pequeño cuerpo lleno de tatuajes se acoplaba al mío.