Melina y yo éramos tan similares. A ambos nos había hecho falta el amor, a ambos nos habían roto y poco a poco estábamos cociendo los pedazos, pedacito por pedacito armábamos nuestro verdadero yo, y quizás en el proceso, algo de ella estaba tejido dentro de mí, y algo de mí se había trenzado en su interior. Porque éramos las dos mitades de algo imperfecto.
Recordé su bella sonrisa, sus chistes que solían sacarme de quicio, la forma en que su pequeño cuerpo lleno de tatuajes se acoplaba al mío. Como siendo tan disntigos éramos tan similares y nos complementabámos el uno al otro. Lo que sentía cuando estaba junto a mí, tarareando una canción cuando creía que no la escuchaba. Y sus hermosos ojos cuando hablaba de su sobrino, o de los buenos momentos que pasó viajando, o cuando me decía que su abuelita estaría feliz de conocerme en persona, que probablemente trataría de hacerme un suéter porque en Grecia debía hacer frío.
Entonces me di cuenta de algo, algo que no había entendido hasta