39. Voy por ella
El monitor cardíaco emitía un pitido constante que llenaba la habitación de un ritmo frío, mecánico. Fuera, el hospital seguía su rutina, pero dentro de la sala, todo parecía suspendido en un silencio demasiado profundo para ser normal.
Vladimir Volkov llevaba tres meses sumido en un coma que los médicos describían como “estable, pero incierto”. Su familia había aprendido a moverse entre susurros, como si cualquier ruido pudiera alterarlo. Anton mantenía las operaciones controladas con mano fi