40. El Diablo regresó
Los mensajes se habían detenido. Las llamadas, también.
Durante tres semanas, Alessia solo había recibido silencio. Un silencio que pesaba como plomo, que la obligaba a proteger cada respiración como si fuera la última.
Estaba escondida en una pequeña casa de campo fuera de Ciudad Vasett, un lugar demasiado común como para llamar la atención, pero lo bastante apartado para que nadie se atreviera a visitar sin ser invitado.
Sus vecina eran amables y cálidos.
La chimenea apenas calentaba, pero era suficiente para ella y los bebés que crecían dentro de su vientre.
Aquella mañana —si es que podía llamarse mañana a ese gris eterno que tapaba el cielo—una puntada en la espalda la despertó. No era dolorosa, solo un recordatorio de que ya iba entrando al quinto mes. Se levantó con lentitud, con una mano en su abdomen prominente y la otra apoyada en la mesa para no perder el equilibrio.
Encendió la tetera, respiró hondo y se obligó a mantener la calma.
Tenía que hacerlo, por los mellizos.