32. ¡Pueden ser mis hijas!
La mansión Accardi estaba sumida en un silencio incómodo aquella tarde. Las luces de la entrada permanecían encendidas a pesar de la hora, y el mayordomo esperaba junto a la puerta principal. Apenas Giovanni cruzó el umbral, el hombre se inclinó ligeramente.
—Bienvenido, señor Accardi. La señora Eleonore pidió que fuera directo al salón.
Giovanni dejó el abrigo en manos de una sirvienta y caminó con paso firme, aunque cansado. Llevaba el rostro tenso, los pensamientos aún girando alrededor