Ares Miller.
Estacioné el auto, miré la hora, y noté que ya iban a ser las seis de la mañana, así que tuve que restregar mis ojos, tomar un arma para ponerla debajo de mi sudadera.
Di largas zancadas para legar al bar, y sentí que caí de nuevo en la media noche, cuando un ambiente con olor a licor caro, y a cuero invadió mis fosas nasales.
Y no fue difícil divisar al maldit* de Rausing.
Me senté en la mesa y palmeé su espalda, mientras su sonrisa se abrió en su cara.
—William… ¿Qué podía im