Hardin se detuvo de repente afuera y se volvió hacia Harmony. Su rostro estaba rojo de ira al recordar cómo ella había quedado expuesta y la forma en que aquellos hombres la habían mirado.
—Hay algunas cosas que tienes que dejar de hacer —dijo con severidad.
—Si un hombre te pide que recojas algo para él, ignóralo, ¿entendido? No vuelvas a hacerlo nunca más.
Harmony bajó la cabeza y asintió en silencio.
—No creo que debas volver a ese club —continuó Hardin, con la mandíbula tensa—. Ya regreso.