Una agónica hora después, Luca finalmente llamó.
—Estoy debajo de tu ventana —dijo.
No sabía cómo demonios sabía cuál era mi ventana, pero rogué que tuviera razón. Nunca me había escapado antes, no así. Y en el segundo en que abrí un poco la ventana y miré hacia afuera, se me revolvió el estómago. Estaba alto. Tipo "te vas a romper algo" de alto.
Me asomé lo suficiente para divisarlo. Allí estaba, de pie con total naturalidad debajo de mi casa, con una sudadera con capucha negra y las manos e