Y allí estaba ella. Dinara se encontraba al final del pasillo, enmarcada por la puerta destrozada, con el rostro pálido pero con los ojos como el acero. La pistola en su mano no temblaba, ni un poco. El humo se curvaba desde el cañón, flotando entre nosotros.
—Tú —siseé, con voz baja y desgarrada.
—Sí, soy yo. ¿Estás sorprendido? —preguntó ella. Estaba entrando en el papel y ganando más confianza con cada palabra.
—Te dejé en la habitación. ¿Qué haces aquí? Estoy intentando salvarte —comenté,