—¿Cuatro? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. ¿Va a venir Christian? No es su día.
—No —le respondí.
No supe si fue por el tono de mi voz, pero ella detuvo lo que estuvo haciendo, se giró para mirarme y entrecerró los ojos ligeramente.
—No pudiste haber invitado a Dana. Sabes que eso es buscar problemas.
—No es Dana.
—Oh, Dios mío —gimió—. ¿Qué tan estúpida crees que soy? Muy bien, excelente. ¿Quién es entonces? Y por favor no me digas que encontraste a otra víctima.
—¿Otra víctima? —repe