Bajé tambaleándome por el pasillo, con las piernas aún doloridas por la primera fase de la competición. Me dolían todos los músculos y mi cuerpo me pedía a gritos un descanso. Sentía la cabeza pesada, los hombros tensos, pero tenía que seguir adelante. Necesitaba llegar a mi habitación, cerrar la puerta, darme un baño caliente y, por fin, respirar.
Entonces me quedé paralizado.
Aédrico.
Allí estaba, alto y sereno, con esa misma seguridad que siempre lo caracterizaba. Sentí un nudo doloroso en e