Capítulo 8
Cuando Elena volvió a abrir los ojos, la intensa luz blanca la obligó a entrecerrarlos. El penetrante olor a desinfectante le llenó la nariz y el pitido constante del monitor cardíaco resonaba a su lado.

—Ya estás despierta —dijo el doctor—. Te fracturaste tres costillas, pero si te hubieran traído un poco más tarde, podría haber sido fatal.

Elena se quedó con la mirada perdida en el techo. Los recuerdos le volvieron a la mente. Los recuerdos le volvieron a la mente. Lucas había elegido salvar a Sabrina sin dudarlo. Cuando la puerta deformada del ascensor se le vino encima, él ni siquiera miró atrás. Lo último que Elena había visto antes de perder el conocimiento fue a Lucas cargando a Sabrina mientras los niños festejaban detrás de él.

Intentó moverse, pero una terrible punzada le atravesó el pecho antes de extenderse a sus extremidades. Extrañamente, no pudo llorar. Era como si el dolor le hubiera adormecido el corazón.

***

Tres días después, Lucas fue a buscarla. Se quedó en la entrada, vestido con un traje impecable, mirando brevemente las vendas que le cubrían el pecho.

—Sabrina todavía baila —dijo él por fin—. No podía arriesgar su pierna. Solo te toca aceptar el sacrificio. Eres ama de casa. Aunque te cueste moverte por un tiempo, no te va a afectar en nada.

No había el menor rastro de emoción en la voz. Elena alzó la cabeza despacio y le sostuvo la mirada en silencio. Por primera vez en la vida, vio con absoluta claridad al hombre que había amado toda su vida. Seguía siendo tan atractivo como siempre, pero en esos ojos jamás había existido un lugar para ella.

—Lucas, si hubiera muerto ese día, ¿te habría importado? —preguntó con voz ronca.

Él frunció aún más el ceño, pero no respondió. En su lugar, sacó una tarjeta negra y la puso sobre la mesa de noche.

—No hagas preguntas estúpidas. Tómala como una compensación. Mientras te comportes bien y eduques como es debido a los niños, siempre serás mi esposa.

Elena se echó a reír. En su vida anterior, fue la señora Fischer hasta el último día, pero ¿de qué le había servido? No la salvó del abandono, del olvido ni de morir quemada completamente sola. Así que, en esta ocasión, ser su esposa ya no le importaba en absoluto. Viviría una vida mejor, más brillante, y encontraría a alguien que de verdad la amara.

No pudo contenerse más y estuvo a punto de decirle que estaba harta de él, que iba a dejarlo para siempre.

—Lucas, yo…

El timbre de su teléfono la interrumpió. Él respondió enseguida. La voz de Sabrina se escuchó por el altavoz:

—Lucas, los niños y yo te estamos esperando en el restaurante. ¡Tenemos una sorpresa para ti!

Su expresión se suavizó de inmediato.

—Estaré ahí pronto —dijo. Colgó, consultó su reloj y añadió sin calidez alguna—: Tengo un asunto que atender. El chofer está abajo.

Dio media vuelta y se fue. Elena apretó los puños sin darse cuenta, pero no lo llamó. No importaba. Muy pronto se enteraría por medio de Sabrina de que el divorcio ya era oficial. No los quería a él ni a los niños que la trataban como a una simple extraña.

—Martha —dijo al presionar el botón de llamada—. Manda mi equipaje al aeropuerto.

Una hora después, borró todos los contactos de Lucas de su teléfono y dejó la tarjeta negra en un cajón de la habitación del hospital.

Mientras el avión ascendía hacia el cielo, el atardecer tiñó las nubes de rojo y dorado. Elena miró el horizonte con una leve sonrisa antes de cerrar los ojos. En esta vida, jamás volvería a rebajarse por nadie. Los años en los que se había humillado por amor desaparecerían con ese vuelo y se quedarían en las nubes para siempre. La esperaba un futuro nuevo, uno que sería completamente suyo.

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