Asher
Las máquinas de la habitación del hospital de Axel eran el único sonido que rompía el silencio, con sus pitidos rítmicos que resultaban a la vez reconfortantes y angustiosos. El cuerpo de mi hermano estaba inmóvil, con su piel pálida en marcado contraste con las sábanas blancas que lo cubrían. Sus labios habían adquirido un tono azulado, un inquietante recordatorio de que el tiempo se me escapaba de las manos.
Me senté a su lado y le cogí la mano, aunque él no respondió. Su pecho subía