Anfu la contempló con orgullo y satisfacción, como si al fin el mundo viera lo que él veía en ella. Extendió su mano hacia ella con solemnidad. Siria, seria, sin expresión alguna, se levantó y colocó su mano sobre la suya, obedeciendo al protocolo.
Pero dentro de sus ojos no había brillo, solo un silencio contenido que gritaba más que cualquier palabra.
Mientras descendían del pedestal, un movimiento entre la multitud llamó su atención. Sus hermanos habían llegado. Caminaban con el rostro endure