ELIZABETH WINTER
Si existía un purgatorio elegante, se parecía al vestidor de mi mamá.
Llevaba cuatro horas sentada en una silla giratoria acolchada. Me habían limado y pintado las uñas de las manos y de los pies de un tono nude tan específico que probablemente había sido inventado por la NASA. Mi rostro había sido exfoliado, hidratado, masajeado y cubierto con mascarillas de oro, pepino y quién sabe qué más.
Me sentía como una muñeca de lujo siendo restaurada.
— ¿Más champán? — preguntó Leah,