ELIZABETH WINTER
Las puertas dobles del Grand Ballroom del Hotel Plaza eran inmensas, blancas y doradas, y parecian las puertas del mismisimo Olimpo. Detras de ellas, podia escuchar el zumbido ahogado de quinientas personas, la crema y nata de la sociedad neoyorquina, socios de negocios de mi padre, amigos de mi madre y curiosos que querian ver si la "heredera rebelde" realmente se iba a casar.
Pero, curiosamente, mi mundo se habia encogido.
Toda la grandiosidad, el brillo de los candelabros de