ALEXANDER HAMPTON
Cuatro de la mañana. Oscuridad absoluta. Un frío que cortaba a través de tres capas de ropa térmica.
— ¡Vamos, Alex! — llamó la voz de Lizzy en la oscuridad, con la luz de su linterna de cabeza bailando en la niebla. — La puerta abre en diez minutos. Tenemos que ser los primeros. Queremos el amanecer, ¿recuerdas?
— Lo recuerdo. — Ajusté la mochila, sintiendo el peso familiar en mis hombros adoloridos. — Estoy justo detrás de ti, general.
La puerta de Wiñay Wayna se abrió. Fue