ALEXANDER HAMPTON
Comenzamos a caminar nuevamente. El terreno ahora era una bajada suave, lo que debería haber sido un alivio, pero mis muslos temblaban tanto que cada paso requería una concentración total para no caer de cara en el polvo de llama.
El camino se estrechó. A un lado, la montaña. Al otro, un precipicio que daba al río. Y en medio del camino, bloqueando el paso como un guardia de discoteca peludo y malhumorado, estaba una llama.
No era una llama simpática de postal. Era una llama c